The heartless translator (A short story)

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Once upon a time, there was this poor translator with a worn-out heart. After living a thousand loaned lives and riding the frantic roller coaster of getting into and out of the skin of a myriad of characters penned and fleshed out by others, after spending a thousand sleepless nights and dreaming of unsolvable ambiguities and impossible deadlines when he did get some sleep, the fibers of his heart had gotten threadbare.

Doctors were helpless at fixing such a life-threatening problem, until one of them came up with the idea of the clockwork machine. It was implanted right inside the hollow space that used to hold his heart, and it started working right away—tick, tack; tick, tack. The translator soon recovered his health, but never got his magic back. He was still able to translate to the best of his mind, but he was missing a heart. And a heart is not something a translator can do without.

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El traductor feliz (un cuento corto)

 

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Había una vez un experimentado pescador que se hacía a la mar cada mañana, con la misma frescura y el mismo entusiasmo que un novato. Navegaba diestramente, recorriendo el agua oscura y densa de las palabras en busca de aquellas que necesitaba, como si en ello le fuera la vida.

Con el tiempo, había dejado de usar las toscas redes de sus comienzos para empezar a pescar con señuelo, desarrollando una técnica minuciosa, sistemática, que llegó a dominar con suma destreza. En ocasiones, se dejaba llevar por la corriente, indolente, y esos ratos de ocio le permitían descubrir matices, tonos, luces y sombras que enriquecían su escritura y encendían su creatividad.

Regresaba por la tarde a la costa, con el fruto del trabajo realizado en las complejidades del océano lingüístico: los sustantivos más adecuados, los adjetivos más acertados, los verbos más convenientes y los adverbios más felices, que iba hilvanando con preposiciones, conjunciones e interjecciones especialmente elegidas aquí y allá.

Trasnochaba sentado a la mesa de la cocina, poniendo la carga en orden, limpiando cada pieza y asegurándose de que todo estuviera en su sitio, en perfecta armonía y absoluto equilibrio. Entregaba su trabajo y se sentía el ser más feliz de la Tierra.

A la mañana siguiente, después de tomar una taza de café caliente y de comer uno o dos bollos, abría la puerta de la cabaña y, con el sol bañándole la cara, volvía a tomar la barca y a arrastrarla hasta la orilla de la mar, donde las palabras se rompían en blanca espuma y lo invitaban, una vez más, a comenzar otra jornada de trabajo.

Nora Torres

Traductora

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